Como todos los años (siempre que se puede) nos hemos venido unos días a la Seminci a ver un poco de buen cine y recordar tiempos pasados de cuando pateaba las calles con mi macro carpeta de A1 cargada de láminas a golpe de paralés (o como se llamara la regla atada con cuerdas que recorría la mesa en arquitectura). Volver aquí es como insertar otro ritmo en mi cuerpo, más pausado, como una pequeña buardilla de desconexión personal. Y luego dicen que Valladolid no tiene nada. Pues a mí me calma, es mi particular sedante de mediado el otoño.
Y la Seminci. Poco queda ya del caos que se produjo hace dos años. Le faltan un par de galones para tener la fuerza de un festival mayor y quitarse ese complejo de evento organizado a salto de mata, pero a cambio gana en accesibilidad, es más acogedora. Se acerca más a un patio (de luces) común en el que todos se acaban conociendo, y eso le da cierto encanto.
Pero aquí hemos venido a ver cine, ¿no? Y tanto la calidad de las películas que pude ver el año pasado como las que ya he visto en esta edición es muy satisfactoria. Y eso se nota. Vale ya de tostones infumables que sólo han pasado el corte por su cámara fija, su ritmo asfixiante y sus intérpretes frigo-pie. Un poquito de mesura, señores, que la cantidad de tralla que tragábamos en Donosti no era normal, por mucho que el festival sea Pucela al cubo.
En cuanto pueda detallo un poco más lo que he podido ver. Ahora no tengo tiempo, corriendo entre salas, ruedas de prensa y entrevistas. Que estamos intentando sacarle provecho a todo. Sólo comento, por ahora, que el cine español está a muy buen nivel por aquí.
Este año estamos especialmente centrados en el corto, ya sabéis, curiosidad personal. Esta tarde tenemos sesión de los mismos y entrevistas a los directores, y mañana también. A ver si lo edito y lo puedo colgar por aquí.
Por cierto, ayer tuve la oportunidad de entrevistar a Manuela Vellés. Pero qué chica más guapa, tú...